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El precio justo

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El precio justo

El precio Justo.

Gabriel Perren.

 

Uno de los más grandes anhelos del hombre y de los pueblos en general es la justicia. Siempre están sedientos de ella y la buscan con el insaciable afán con que los filósofos antiguos buscaban la "piedra filosofal". Efectivamente, es un afán que se acrecienta en la medida en que aumenta el desarrollo cultural de los pueblos. Esta prenda inestimable dignifica al hombre y, cuanto más avanza para alcanzarla, más se acerca a su Creador.

Ciertamente, cuando El nos dice desde el Levítico (19,2): "Santos seréis porque santo soy yo", en realidad también nos está diciendo: Sed justos, porque justo soy yo, pues, cuando el hombre haya alcanzado la justicia estará a las puertas de la santidad, esto es, de la justificación, de la perfección humana. Empero, después de varios milenios de civilización, aún estamos lejos de tan alta como anhelada meta. En efecto, es mucha la gente que todavía se considera víctima de varias injusticias. Entre ellas, las más corrientes se relacionan con los precios de los bienes y servicios, salarios y demás factores que afectan los ingresos, sobre todo en tiempos de inflación, cuando los precios suben por el ascensor y los ingresos y salarios por la escalera, según la frase que se ha ido divulgando.

Basta concurrir a los mercados donde se regatean los precios y se formalizan las compras y ventas para oír las expresiones más comunes y corrientes: ¡Qué los precios son injus-tos! ¡qué hay especulación! ¡qué los monopolios! ¡qué las multinacionales! ¡qué el gobierno!, etcétera. La puja de los diversos sectores de la comunidad sobre estos temas al parecer prosaicos, tiene, empero, fundamental importancia, pues es a través de tales factores económicos, cómo, desde siempre, se han venido estableciendo y se establecen hasta hoy las grandes diferencias sociales.

Es obvio que el gobierno es el primer gran distribuidor de los ingresos entre los diversos sectores de la población. Puede, en efecto manejar directamente la economía estableciendo los precios, los salarios, tipos de cambio diferenciales y, en fin, tomar toda otra medida que influya sobre los ingresos y egresos de la comunidad. Puede en cambio, limitarse a establecer reglas de juego ecuánimes e idóneas para provocar una sana y activa competencia en el mercado a fin de que surjan del libre juego de la oferta y la demanda precios justos, de modo que los diversos sectores de la comunidad puedan defender libremente el nivel de sus ingresos; este modelo implica por cierto una permanente y yigilante actitud de los órganos fiscales pertinentes para evitar que las reglas de juego establecidas por el Estado no sean de ningún modo alteradas.

Este último sistema de manejar indirectamente el mercado, que funciona con éxito en los países más desarrollados del mundo adolece, no obstante, de problemas derivados de sus propias reglas de juego. En efecto, las economías de escalas, que constituyen uno de los medios más idóneos para disminuir los costos, no siempre son usadas para beneficio de todos los sectores de la comunidad.

Y la verdad es que cuanto tales reducciones de costos son usufructuadas exclusivamente en provecho de los empresarios, sus empresas crecen y tal crecimiento es a su vez motivo de mayor crecimiento hasta que llegan a desplazar gran parte de la competencia en el mercado. Llegada a este punto la lucha competitiva entre las grandes empresas puede cesar para dar lugar a acuerdos de precios en beneficio propio, lo cual está por cierto penado por la ley, pero es muy difícil de probar.

Sobre este particular basta recordar los tiempos de la ad-ministración Kennedy en los EE.UU., cuando los industriales del acero dispusieron un aumento del 10 % para sis productos. Bastó que el Presidente, en diálogo con los empresarios, los amenazara con nacionalizar la industria del acero para que anularan de inmediato el alza de precios dispuesta. No fue la primera ni será la última vez que el Estado tenga que intervenir en el mercado libre con medidas más o menos compulsivas para desbaratar las maniobras monopólicas que tienen lugar cuando algunas grandes empresas, en virtud del crecimiento ilimitado más arriba mencionado, llegan a eludir la competencia y a alterar así la ley de la oferta y la demanda que es la regla primordial para que el sistema de precios libres pueda encontrar el precio justo de los bienes y servicios.

Es fundamental observar que las causas del problema aquí planteado, no radican en el sistema de mercados libres basados en la competencia y el libre juego de la oferta y la demanda, sino en el comportamiento irregular de las empresas que actúan en él. Precisamente, a mediados del siglo XIX, cuando arreciaban las críticas al sistema de mercados libres y cobraban auge las ideas y proyectos enderezados a cambiar en el mundo este sistema por el dirigismo económico y la estatización de los medios de producción, se creó en Rochdale (Inglaterra), un nuevo modelo de sociedad económica con el objeto de obtener precios justos para los consumos de sus asociados.

En efecto, veintiocho tejedores de lana en busca de justicia, fundaron su cooperativa, cuyos principios la habilita para obtener precios justos para sus asociados; pero, precisamente, en virtud de tales principios no puede alcanzar ese precio para sus asociados si no lo logra al mismo tiempo para todos los demás sectores de la comunidad en que actúa. Los pioneros de Rochdale, para salir de la precaria situación en que vivían, dieron un paso para alcanzar la justicia y, como se apuntó más arriba, Dios dio dos para acercárselas; pero los dio a su manera, como cuando da la lluvia y el sol, es decir, para todos. Demostrar este aserto, es el objetivo de este modesto trabajo; silo consigue, habrá alcanzado su propósito.

 

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Autor: Super User

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